Chris Cornell

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Pedro Pablo Silón

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 Chris Cornell 
 Ya nadie canta como tú 

Se ha ido alguien muy grande, un artista inconmensurable y absolutamente irremplazable. Las circunstancias de su muerte, tomando en cuenta todo lo que representaba, sólo oscurecen el hecho de que se ha apagado una de las voces más extraordinarias de la historia. Ya nadie canta como tú, Chris. Nadie.


La primera vez que escuché a Soundgarden tenía unos once años. Soy una especie de millennial antiguo, pero me acuerdo de la muerte de Cobain. Eran las buenas épocas de MTV, cuando podías toparte con “Spoonman” y “Black Hole Sun” en la programación habitual. Aquel fue el primer encuentro.


Años después, durante las primeras épocas de Oz, el hermano mayor de nuestro baterista me prestó su disco original del A-Sides, maravilloso compilado de Soundgarden lanzado en 1997. En esos tiempos no era tan fácil descargar lo que se te ocurriera, y cada CD que te pasaban era un verdadero descubrimiento. El disco abría con una patada voladora: “Nothing To Say” de Screaming Tree, primer EP de esta enorme banda de Seattle. El primer alarido de Cornell me bastó para comprender que no había nadie que le llegara a los talones. Así fue el segundo momento.


Algún tiempo después apareció Audioslave y los focos volvieron a posarse sobre Cornell, que lucía una musculatura trabajada y parecía predispuesto a una nueva dosis de rock duro, riffs épicos y notas imposibles de alcanzar. Para entonces, ya me había adentrado en su otra faceta, la del cantautor sensible y profundo, que había aparecido en “Seasons”, su hermosa contribución para el soundtrack de Singles, o incluso antes, en aquel legendario disco de Temple of the Dog, que Chris armó en honor de su amigo Andrew Wood, vocalista de Mother Love Bone. En ese sentido, Audioslave me parecía una especie de retroceso, aunque con el tiempo varias canciones se me terminaron metiendo dentro de la piel. “Like a Stone” fue la primera que hicimos con la banda, la primera canción de Chris Cornell que osé cantar. Suficiente para que cuente como un tercer instante.


2007 fue el año, hace ya una década. Yo vivía en Argentina y tuve la enorme suerte de asistir al Personal Fest, con Chris Cornell y su banda como acto principal de la noche. Era la época de “You Know My Name”, su poderoso tema Bond para la banda sonora de Casino Royale. Cornell y sus muchachos repasaron canciones de Soundgarden, de Audioslave y algunas de sus composiciones solistas, como “Can’t Change Me” de su espléndido disco en solitario de 1999, Euphoria Morning. Demás está decir que atesoro el recuerdo. Fue el cuarto momento que me marcó y la primera vez que lo vi en vivo.


La segunda vez fue siete años más tarde. Nuevamente fue en Buenos Aires, aunque yo ya residía en La Paz para ese entonces. Soundgarden, la banda de grunge que más me había marcado, cerraba el segundo día del Lollapalooza 2014. Volví a ingeniármelas para estar a unos metros de la tarima, para tenerlo de cerca y no dar crédito a mis ojos ni a mis oídos. Fue la quinta instancia de un historial de veneración y de incredulidad ante el portentoso talento de Chris Cornell. No era sólo uno de los mejores cantantes del mundo; también era el compositor principal de sus bandas y le daba a la guitarra con soltura.


Durante los últimos años continué siguiéndole los pasos. Songbook, de 2001, y Higher Truth, de 2015, son discos muy valiosos, cada uno a su manera. El regreso de Soundgarden, la banda de su vida, me entusiasmaba desde la aparición de Telephantasm, y las últimas noticias de un nuevo disco en ciernes sólo alimentaban mis ganas de más.


Pero una oscura sombra se cernía sobre Chris. Los demonios de la ansiedad y el vacío le susurraban al oído. Las drogas de prescripción hicieron el resto, y una noche fatídica, después de cerrar el show de Soundgarden en Detroit con “Slaves and Bulldozers” -adornada con frases de “In My Time of Dying” de Led Zeppelin-, Chris se ahorcó en el baño del hotel en el que estaba pasando la noche.


Yo me quedo con estos cinco momentos para recordarlo y honrar su memoria. Cada quien tendrá los suyos. La música está ahí, intacta; y su voz queda grabada en los tímpanos del mundo.